lunes, 14 de abril de 2014

Un simple 'bla, bla, bla' para hablar de 'La gran belleza'

Estoy perdiendo reflejos. Lo sé. Desde hace unas semanas quiero hablar de varias películas que he visto más tarde de la cuenta y no lo hago. También de otras que he visto casi en la fecha de estreno y con las que tampoco caerá esa breva. He de hacer algo sin más dilación (¿para qué utilizar procrastinación teniendo esta palabra tan excelsa?). Allá que voy

La gran belleza es una cinta que es solo un truco, como el del mago que hace desaparecer a la jirafa y al que el  protagonista le pregunta: "¿Cómo lo has hecho?"

¿Cómo lo has hecho Paolo Sorrentino? ¿Cómo has hecho este "bla, bla, bla" magistral que por momentos te destroza?

Reconozco que tras ver la escena de la fiesta, me entraban dudas sobre las posibilidades de la película. Pero es un truco, la decoración necesaria para pintar un cuadro quizá a veces demasiado preciosista y excesivo (diré o dirán otros, mientras hemos sentido  regocijo o dolor en esos momentos).


Los estadios donjuanescos y espirituales de los que hablaba Kirkegaard en el fondo se dejan la vida intentando encontrar esa gran belleza. Sorrentino los ha querido poner en paralelo. Sor María y su experiencia mística en paralelo con el recuerdo del gran amor del protagonista, muerta hace poco tiempo.

Ves a Toni Servillo en un momento en el que antes de contestar a una pregunta crucial gira la cabeza y te enteras de que en ese gesto está la genialidad de una interpretación. Un detalle imposible para otros intérpretes. Un momento que se va sumando a otros para formar un trabajo realmente impecable.

Por cierto, tras Terrence Malick en El árbol de la vida, Sorrentino también recurre al Requiem for my Friend de Preisner (dedicado a Kieslowski) para dar una fuerza arrolladora a una de las escenas. Me quito el sombrero.

Y por último: ¿puede haber mejor campaña publicitaria para visitar o volver a visitar Roma? Creo que no.

lunes, 17 de marzo de 2014

Una mujer nerviosa a propósito de ‘El hombre tranquilo’

Hoy, 17 de marzo, San Patricio, me animo a recuperar este texto. Que lo disfrutéis.

Irlanda es ese lugar idílico de verdes praderas; de blancos acantilados llenos de épica; de tréboles que te esperan con sus cuatro hojas abiertas. Irlanda invita a la calma, a la paz interior, pero películas como El hombre tranquilo –restaurada y remasterizada el año pasado-, tan irlandesa como la mejor pinta de Guinness, han logrado crear cierta ansiedad en el patio de butacas: cuando disfruto de esta película ¿estoy rindiéndome a una historia que defiende una visión muy discutible de la mujer?

 Hay razones para pensar así. Grábate en la retina tres momentos: aquel en el que Sean Thornton, interpretado por John Wayne (como ya sabemos, actor prototípico del hombre tradicional) arrastra de la mano a Mary Kate Danaher (Maureen O’Hara), otro en el que una señora le da a Sean una rama para que le dé a su mujer unos azotes, y aquel en el que el sacerdote le dice a Mary Kate que se ha de consumar el matrimonio (en clara alusión a “te has de plegar a los deseos del hombre”). Adiós disfrute. Bienvenidas esas tinieblas que acechan el cine de John Ford, tachado de retrógrado.

Te revuelves como Mary Kate se revuelve en su personaje y te das cuenta de que en esa intranquilidad que ella manifiesta está la clave de todo. Ella ha crecido en esa Irlanda conservadora a la que Sean, un boxeador traumatizado, vuelve en busca de paz; en una sociedad claramente patriarcal en la que no está dispuesta a ser tratada como alguien inferior.

Por eso, dentro de los márgenes que tiene exige sus derechos, especialmente en esa dote que demuestra ser algo más que dinero (magnífica escena cuando ambos reciben la cuantiosa suma): es una lucha por su autonomía y para que el hombre que está a su lado también le ayude en la batalla. Dentro de ese marco tan tradicional, ambos finalmente demuestran caminar juntos, sin que haya necesidad de que nadie se pliegue ante nadie.

 Desde luego no se debe olvidar que Ford viene de esa sociedad irlandesa conservadora, a la que en el fondo rinde aquí su pequeño homenaje. Pero debes rascar en la superficie de gran parte de su cine y sobre todo a acordarte de los personajes femeninos de Ford. Y es que si hay alguien capaz de defender la vigencia del matriarcado es él, cuyo catálogo de personajes femeninos con fuerza y que plantan algún sopapo en la cara de algún que otro hipócrita es impecable. Y pongo dos ejemplos: Ava Gardner en Mogambo y Claire Trevor en La diligencia.

 Es entonces cuando vuelves a El hombre tranquilo con ganas renovadas de disfrutarla. Porque es imposible no querer una película en la que todo un pueblo sale a apoyar a un pastor protestante con tan solo tres feligreses porque todos quieren que él y su mujer no abandonen la comunidad; en la que existe un personaje como Flynn, de cuya afición por el alcohol sabe hasta su caballo, que se para sin que nadie le dé aviso delante de la taberna; en la que el más mínimo detalle invita a sus personajes a unirse en animada charla, como en la estación de tren.

El hombre tranquilo es una película hecha desde el corazón, sin ansias de demostrar un ampuloso dominio de la técnica, que te ofrece escenas como la del beso en la lluvia, que te derrite como si lo que cayese del cielo fuera agua deliciosamente caliente. En Ford hay lugar también para una pizca de erotismo: la camisa que trasluce un cuerpo es la de él, John Wayne, y no la de ella. Y ahora, ¿quién es el hombre tranquilo?


Artículo publicado originalmente en Zoomnews.com

lunes, 3 de marzo de 2014

Unos apuntes de nada sobre los Óscar 2014

Esto es lo que tengo que decir sobre los Óscar 2014 y lo organizo en cómodos puntos numerados.

1. Ha sido una ceremonia de andar por casa. Con un comienzo un tanto descafeinado (necesitamos la chispa de las presentadoras de los Globos de Oro: Amy Poehler y Tina Fey) y unos montajes de vídeo nada especiales.

2. No obstante, Ellen Degeneres ha tenido sus momentos para no olvidar, como el de la foto colectiva o el momento pizza pidiendo dinero a Harvey Weinstein para el repartidor (una broma con los Weinstein no puede faltar nunca).

3. Qué hartura más grande  lo de premiar las transformaciones físicas. El guión de los Óscar sigue en su linea previsible. No obstante he de decir que Matthew McConaughey está en su año (con True Detective, con Mud y ya con Magic Mike se marcó un Do de pecho) y se lo merecía y su discurso tuvo encanto. El discurso de Jared Leto estuvo muy bien, pero sus referencias a Venezuela y Ucrania... en fin...

4. Sorpresa ha sido premiar Let it go, la canción de Frozen y no la de U2 para la película de Mandela. Bono se quedó con las ganas de marcarse un discurso en la línea del de los Globos de Oro (por cierto, Bono, si ha habido alguien representativo en el apoyo con su música a Mandela, han sido Johnny Clegg & Savuka, grupo interracial que dedicó a la figura del desaparecido presidente la bellísima Asimbonanga). Por cierto, Pharrell Williams marco un momentazo con su interpretación de Happy, canción también nominada

5. El discurso más sincero y emotivo ha sido el de Lupita Nyong'o , muy grande en 12 años de esclavitud. Fue la reina de los Óscar de este año bailando e interactuando con Degeneres.

6. Momento tierno y agradecido por los paladares finos del cine actual (esos que añoran que Inside Llewyn Davis estuviera entre las candidatas al Óscar): ese premio a Spike Jonze por el guión de Her. Si el de Before Midnight se lo llega a llevar antes hubiera sido para olvidarse definitivamente del rosario de premios a Gravity. Qué horror de efecto arrastre, de verdad.

7. Por último, me encantó la naturalidad de Steve McQueen, dando ese salto final tras el premio gordo a 12 años de esclavitud y dando un discurso sencillo. Además, adoro a Sally Hawkins. Se me merecía un Óscar tanto como Cate Blanchett, que en Blue Jasmine se marca un papel muy a lo Blanche de Un tranvía llamado deseo


sábado, 1 de marzo de 2014

Un par de cosillas sobre '12 años de esclavitud' antes de los Óscar

Lo sé. Lo reconozco. Estoy perdiendo facultades. Las pocas que tenía. Ya sólo me paso de vez en cuando por aquí a poner un vídeo, a rememorar artículos ya publicados (al autohomenaje, vamos). Pero todavía estoy a tiempo de decir unas cuantas cosas antes de que irrumpan los Óscar (que así es como el Fundeu dice que se escriben, tirándome el mito de que "Oscar" es un nombre que en tierras norteamericanas no se acentúa. Hala, ponte a borrar todos los errores de artículos pasados).

Vi 12 años de esclavitud en plan gonzo. En un cine en Alemania, en versión original y sin un puñetero subtítulo, ni siquiera en teutón, lo que en una película como está, con un marcado acento de ese que se dice sureño, complica un poco las cosas. No hay problema. Todo está bajo control (o eso espero).

Si hay algo en lo que destaca Steve McQueen es en la dirección de actores y en su tremendo gusto para elegir a sus protagonistas, mejor dicho, protagonista: Michael Fassbender (Leer Michael Fassbender, un actor hacia la cumbre), que aquí ejerce de secundario de lujo, dejando paso al portentoso Chiwetel Ejiofor. La estructura de sus películas (anteriores trabajos fueron Hunger y Shame (Leer Shame, retrato de un depredador insaciable) es libiana. La energía que hace girar su cine es la que producen sus actores: ellos subrayan, ellos dan o quitan fuerza. ¿Cuánto les deja hacer? Me imagino que no mucho.

La historia real de Solomon Northup más que cobrar vida, se hace carne. No es alguien que es esclavo y nos cuenta sus penurias. No. Es alguien libre al que convierten en esclavo, lo que hace al espectador más consciente del drama (ese "yo no debería estar ahí")

Se me hace difícil explicar por qué no me termina de entusiasmar su cine. No sé, creo que tiene una desafección (quizá también sean los temas que escoge, un tanto delicados, que le llevan a ser así; o porque es así, escoge esos tema, que también) que hace al espectador no saber donde agarrarse, y eso a mí, que me gusta hacerlo, que me gusta escoger un rincón dentro de la historia, me deja literalmente fuera de lugar.

Tengo la sensación de que no ha sabido reflejar el paso del tiempo en una película en la que tan marcado está desde su título. Ejiofor no se puede relajar, ha de mantener en su rostro todo el drama. No hay descanso, no hay contraste: o lo tomas o lo dejas. Y, de repente, han pasado doce años.

McQueen ha optado más por hacer un fresco pormenorizado de la crueldad humana (qué brutal la escena en que intentan colgar al protagonista y alrededor todo sigue su curso, como si nada), de la mediocridad de los ejecutan tan deleznables actos. Pero ¿y qué más? ¿Qué más podrán contar los estudiosos de cine sobre ti, McQueen? ¿Alguien me ayuda a entender esta película a punto de morir de gloria?


martes, 25 de febrero de 2014