miércoles, 16 de mayo de 2012

'Amour' por Jean-Louis Trintignant


Llega Cannes y con él, Michael Haneke. Pero no toca aquí hablar del brillante pero despiadado cineasta -a quien se podría incluir en un listado que llamaría Los directores que no amaban a sus personajes (por seguir la tónica de Los directores que amaban a sus actrices)-. No. De quien se debe hablar -un poco- es de Jean-Louis Trintignant, que vuelve a las pantallas como su actor protagonista en Amour, la cinta que presenta en el festival de festivales.

Estos son los momentos que hacen posible amar a este actor francés cuya sobriedad no impide mostrar destellos de una fuerza interior brutal.

Mi noche con Maud
Hipnotismo auténtico ante esa larga noche con Maud. Se casará con una rubia, pero esta morena en manos de Françoise Fabian le atrapa durante varias horas intensas de conversación al más puro estilo Rohmer. Ah, y le gusta Pascal.




El conformista
Posiblemente su mejor papel. Irresistible hablando de La caverna de Platón entre las luces y sombras que se forman en la estancia. Terrible tipo, por lo demás.




Rojo
Encantadores los personajes como el de este juez retirado: cabroncetes con mucha razón. Tringtinant aporta peso y sabiuría, y me entusiasma la relación que establece con esa modelo interpretada por la inigualable Iréne Jacob. Una complicidad que al final descubrimos que va mucho más allá...





A un lado se queda Un hombre y una mujer, que ha envejecido muy mal, y recuerdo Vivamente el domingo, la última película que realizó de Truffaut, y en la que estaba la mar de divertido junto a Fanny Ardant. Veremos que ha hecho Haneke de él, pero de momento solo amour.

martes, 27 de marzo de 2012

En guerra con Tarantino

-“Tarantino, él sí que es un bastardo”.

Ya no se lo digo más. Es un caso perdido. Ni Reservoir Dogs, ni Pulp Fiction, ni Kill Bill –pero la dos, que la primera sería mucho atrevimiento-. No. Mi padre no soporta a Tarantino y no hay nada que hacer.

-“Éste se cree un Peckimpah con gracia, y maldita la que tiene” –continúa quejándose mi padre-. “Y ahora quiere emular a Robert Aldrich y su Doce del patíbulo. No tiene nada que hacer”. Desde que vio alguna de las imágenes de Malditos bastardos, le ha dado por revisitar algunas de las películas sobre misiones en la Segunda Guerra Mundial: “Esto sí que merece la pena”, me dice mientras me muestra algunas películas rebuscadas en su impresionante colección de cine clásico.

Yo, como siempre, le rebato sus encendidos ataques a las figuras del cine actual, pero tengo que admitir que tengo debilidad por algunas de las cintas que me muestra. Doce del patíbulo, sin ir más lejos, me parece un divertimento excelente para una tarde de fin de semana en la que no tienes planes. Me encanta ver a Lee Marvin en su enésimo papel cínico dirigiendo a esta pandilla de chalados entre los que se cuela el gran director John Cassavetes; Donald Sutherland, siempre el mejor loco de todos; o Charles Bronson, en su enésimo papel de tipo de acción y pocas palabras.

“Y ahora me dirás que el Bronson es mejor que Brad Pitt”. Aquí se calla. Menudo carrerón final se pego el tío. Pero, vale, en esta época supo elegir. Formó parte del reparto de otra de las películas que me muestra mi cinéfilo progenitor: La gran evasión, otro trabajo en equipo para escapar, en esta ocasión, de un campo de prisioneros. Adoro ver a Steve McQueen con su ropa sport intentando fugarse una y otra vez. La más gloriosa de las veces, en una moto conducida por él mismo.

Las cosas 'claras' te pueden matar

De esa película aprendías, además, varias cosas que te podrían servir en el hipotético caso de que te vieras en la misma situación. Si te esforzabas en hablar en alemán cuando te pedían los documentos, nunca había que caer en la trampa de contestar al comentario en tu idioma de “su alemán es muy bueno”. Si te escapabas por un agujero cercano a las alambradas, mejor llevar cosas oscuras, y nunca, absolutamente nunca, paquetes forrados de papel. Las estancias en el calabozo –la nevera, la llamaban aquí- se llevaban mejor con la compañía de una pequeña pelota que arrojar contra las paredes -¡ojo! pelota de beisbol-. Y si había que elegir un medio de transporte, lo adecuado era un barco.

También me muestra Los cañones de Navarone, que nunca llegué a ver a pesar de contar en su reparto con Richard Harris, con el que, qué tontería, tuve una ligera obsesión. En cambio, sí me tragué una más moderna Fuerza 10 de Navarone, con el hombre, Harrison Ford.

Al final veo con él la de Harris. Una gozada. Me dice:

-“¿Ves? Con películas así ¿quién necesita los Bastardos de Tarantino?”.

"Es verdad, papá", le digo, mientras cruzo los dedos a mi espalda. 

*Entrada publicada originalmente en El Confidencial

lunes, 12 de marzo de 2012

Sígueme...

YouTube, fuente de regocijo, me descubrió este pequeño montaje sobre planos en los que la cámara sigue a los personajes por la espalda. Debe ser uno de los movimientos más jugosos y a la vez inquietantes que permite el cine. El espectador es invitado a formar parte de la acción que le dice: "sígueme". Y allá que te vas...